5.03.2012

Somos como velas consumidas por las llamas del amor.

Una habitación silenciosa, lámparas apagadas, humo en el aire desprendido por un cigarro a medio consumir; el viento agitando las cortinas de la ventana abierta. Una cama y dos personas.
Ella era inalcanzable, él solo un chico más. 
Ahora ella descansa entre sus brazos con la cabeza apoyada sobre el pecho de él, escucha sus latidos bajo la carne ardiente; dulces caricias sobre la piel de ella, su larga cabellera cayendo libremente por su espalda; en sus rostros dos sonrisas, iluminadas por la luna de una noche sin estrellas. Los dos juntos, esperando al amanecer. Él no puede ser feliz sin ella, ella se da cuenta de que él es todo lo que necesita para sonreír. Ojos cansados sobre las ojeras de una noche irreemplazable. Y le piden al tiempo que les deje libres, no quieren ser esclavos de las manecillas del reloj; y le piden al mundo, que les haga un sitio para vivir su felicidad; le piden a quienquiera que les escuche, que deje que compartan juntos sus vidas, sin miedos y sin celos, sin mentiras ni remordimientos. 
Solo sentimientos puros que brillen en sus velas hasta que se extingan finalmente de este mundo.

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