4.17.2012

Siempre crecen flores entre las ruinas de un viejo imperio.

Solo quedan cenizas donde antes habían llamas, ruinas donde antes había un imperio. El tiempo acaba derrumbando todo a su paso, como un gigante; nada se resiste a la tempestad que azota el mundo. Todo está perdido, o es lo que creemos; la vida no nacerá de entre las cenizas de un lugar destruido, ya no habrá forma de recuperar el tiempo perdido, las lágrimas malgastadas, ni los recuerdos olvidados; no podemos volver a sentir lo mismo que en aquellos tiempos mejores, no podemos ver lo que nuestros ojos estaban acostumbrados a observar, no podemos pensar de la misma forma.


El amor es frágil, y no sabemos cuidarlo como se debería; lo dejamos libre, pero él nos hace esclavos, estamos a su merced, nos somete a sus penas y cuando se va nos deja solos y derribados. Lo dejamos en manos del tiempo, que, tarde o temprano acaba llevándoselo a otro sitio, lejos de nosotros dos. Con manos sudadas intentamos agarrar aquello que nos pertenecía, pero se resbala entre nuestros dedos y solo nos queda el vacío y la soledad, minutos de silencio, horas de                        desesperación y ganas de volver atrás. El tiempo transcurre sin pausa, una aguja que gira sin llegar nunca a final, una cadena infinita de cambios condicionados por unos segundos que pueden ser malgastados fácilmente. No podemos recuperar aquello que nunca fue nuestro al igual que no podemos destruir la parte de nosotros que nos causa el dolor. Es como si una pérdida nos hundiera en el sufrimiento, la falta de un ser querido destroza nuestro mundo y reduce nuestra vida a un montón de ruinas. 
Pero debes recordar que siempre crecen flores entre las ruinas de un viejo imperio.



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