6.20.2014

Lo prohibido atrae.


Nos vemos a las tres y diez en la puerta del tren.
Espero que reconozcas cuál es.

El Kyle idealizado de todos mis relatos compite con el Jack de mi corazón. 
O puede que sea con el de mi botella. 
Un brindis con Daniel en un bar de poca monta a las afueras del submundo. 

Avanzamos.

Un suburbio con placa de motel nos llama la atención. 
Esta noche vamos a brillar con las luces de neón.
O como ellas.

La noche espesa se abre entre turbulencias y una claridad arrebatadora abotona mis sentidos en un punto fijo. 
Y aunque existe una diferencia entre vivir para amar y amar para vivir,
yo ya estoy bastante muerta.

Muerta mi coherencia.

Las astillas crujen y huimos en el coche de la policía antes de que nos detenga. 
O peor aún, que no nos diga nada.

Porque lo que nos gusta no es follar, 
sino que nos prohíban hacerlo.

5.22.2014

Lluvia de agosto.

      

       Tenían razón.
       Unos amistosos ojos azules alzaron la mirada. Ella volvió a hablar.
       —El amor es de débiles.
       Con un tirón de la comisura derecha de su boca la miró como diciendo "bienvenida al club". Cuando ella tomó el cigarro que su amigo le ofrecía y se agachó hasta sentarse a su lado en la acera de aquella descuidada calle, estaba firmando su asociamiento al club de los descorazonados.
       Con manos ágiles se llevó el cigarro a los labios e inspiró hondo, tratando de asfixiar el dolor de su pecho, pero lo único que parecía ahogar el tabaco era sus pulmones.
       Sus ojos castaños, mirando sin ver, volaban como un colibrí inquieto por el barrio mientras compartía caladas con Xiang.
       Una llovizna nocturna caía en forma de cristalinas gotitas que se posaban sobre el pelo de la muchacha; una de ellas se quedó haciendo equilibrio sobre las pestañas de su ojo derecho, devolviéndole una mirada distorsionada. No hacía mucho frío, pero tampoco el calor suficiente como para no abrazarse los brazos con una chaqueta. 
       Entre el humo del cigarro y la niebla que reinaba Londres, la calle Regent parecía el paisaje idóneo para filmar una película de los amores que eran pero que no llegarían a ser jamás; apenas unos cuantos coches traqueteaban por la húmedo lugar, y un par de rezagados transitaban por la calle que corría paralela a la de la pareja de amigos. El resto del mundo estaría con sus familias en sus casas, disfrutando del cobijo de un techo, del calor de un fuego y del placer de una cena.
       Pero ellos estaban ahí, sentados en la calle compartiendo un cigarro mientras la lluvia intentaba, inútilmente, lavar sus penas. Ellos eran los pobres y marginados,
       los Marginados Descorazonados.

3.22.2014

Tenías la ecuación perfecta, pero se te olvidó despejar la X.

Ni tú tan fiel
ni yo tan princesa.
Fingías ser escritor,
pero mi vida nunca llegó a ser un cuento.
Malas historias contabas,
no sé ni cómo te las arreglabas.
Para entrar y salir,
salir y venir,
venir e ir.
De cama en cama.
De corazón en corazón.
De alma en alma.
Para jugar siete partidas
con un dado de seis caras.
Para sonreír,
aunque no hubieras ganado nada.
Y es que siempre tenías esa certeza
de que lo bueno siempre llegaba
Y tenías razón.
Llegué.
Pero nunca habías previsto lo más obvio.

Me marché.



Ya no hay más camas
ni más recuerdos en mi almohada.
Las plumas vuelan
mientras en mi espejo retrovisor
tu silueta se aleja.

1.16.2014

Té verde con limón y miel.

      El aire se veía fresco al otro lado de la ventana.
      —¿Me estás escuchando? —elevó la voz un poco más alto de lo considerado correcto, y unas cuantas personas que habían en la cafetería se giraron a mirar.
      Su mirada  giró más lentamente, y, al ver que las palabras se dirigían a ella, esbozó una tímida sonrisa de disculpa.
      —¿Perdona? —dijo, con su voz melosa y sus ojos color miel aún risueños. 
      Él suspiró.
      —No podemos seguir así, Annie.
      —¿Así cómo? —preguntó ella con tono inocente.
      —Pues así... —dijo él, desesperado y exhausto a la vez, agitando los brazos en el aire pretendiendo abarcar, de forma metafórica, todo lo que les rodeaba. 
      Ella lo miraba callada, esperando.
      Por fin, él suspiró.
      —Así de distantes —dijo, con un hilillo de voz y dejando caer los brazos a ambos costados del asiento en el que estaba.
      La expresión de ella adquirió un todo de incertidumbre, y una arruga de incomprensión se formó en su frente.
      —Pero si estamos al lado...
      Él agitó la cabeza, negando.
      —No, Annie... Estamos juntos físicamente, —la miró fijamente a lo ojos—, pero tú estás muy lejos, en un lugar en el que a mí no se me permite estar.
      —¿Y cuál es ese lugar? —preguntó ella, devolviéndole la mirada intensa.
      —Ese lugar es tu mente, tus pensamientos. Nunca te pedí que renunciaras a nada, y mucho menos a tus sueños. Pero ahora parece que renuncias a mí, y yo creía formar parte de ellos.
      Él bajó la vista.
      Ella lo miró; empezaba a entender.
      —¿Te gusta el té, John?
      Él levantó la mirada, desorientado.
      —¿Te refieres al té? ¿Al que se bebe?
      Ella rió suavemente, con su risa pura y cristalina como el rocío.
      —Claro, ¿a qué sino?
      —Pero, ¿eso qué tiene que ver con nosotros?
      Su voz era dulce.
      —Las personas —hizo un gesto, abarcando toda la cafetería— somos como el té; algunos tienen fruta, otros algo de canela; hay otros de menta, de vainilla o de anís, y hay otros tantos a los que, por mucha azúcar que les eches, siguen siendo amargos —hizo una pausa, dejando que su compañero pensara en sus palabras, y esbozó una sonrisa.
      El hombre empezó a entender lo que ella quería decir, y antes de que pudiera añadir nada, la muchacha se levantó.
      Antes de dar media vuelta y marcharse, sin embargo, Annie le sonrió dulcemente una vez mas.
      —Quizás yo no soy el sabor que buscas.
















Yo soy té verde con limón y miel.
¿Quién eres tú?

1.08.2014

Our demons, hidden in ourselves, are reflected on the mirror.

       Me mira fijamente con esos ojos que parecen dos pozos sin fondo; su pelo es una cascada atezada que enmarca un pálido rostro. Demacrados pómulos miran desde arriba, alzando la barbilla arrogante.
       Ella es atractiva; demasiado buena, demasiado poderosa. Separa los carnosos labios y entre una sonrisa vanidosa sale una voz que no se parece en nada a la suya.
       —¿Qué miras? —dice, y alza una ceja con aire presuntuoso—. ¿Envidia?
       La observo, sin sostener sus ojos fijamente, y siento que su mirada umbrosa me estrangula el corazón.
       —Yo... —siento que las palabras se pierden en su camino desde mi mente hasta mis cuerdas vocales, y me aclaro la garganta para guiarlas—. Me gustaría ser como tú —digo finalmente.
       Ella ríe ostentosamente, y mi corazón se asfixia un poco más.
       —¿Como yo? —finge sorpresa—, por favor, niña, ni en tus mejores sueños podrías ser la mitad de lo que soy. ¿Tú te has visto? —su tono se vuelve duro y aún más soberbio—, eres un desperdicio humano, con ese cuerpo deforme y esa cara ridícula. Eres un adefesio, un engendro, una pérdida de tiempo como persona. No te mereces nada.
       Las palabras duelen y mi corazón empieza a ralentizar. Sus ojos son como dos parásitos que traspasan mi piel y beben, lenta y dolorosamente, la poca luz que aún brilla en mí.
       Ya he oído muchas veces sus palabras, ya he sangrado hasta la saciedad y ya no soy nada más que un inestable titileo asfixiado por su mirada negra.
       Normalmente asentiría, dándole la razón, pero esta vez algo es distinto. No sé si es porque ya ha terminado de ahogar mi luz con sus palabras y mi última esperanza sale a flote o si es la vela de mi transigencia la que se ha consumido, pero el caso es que algo se desata en mí y soy capaz de devolverle la mirada y contemplar sus ojos sin que ardan los míos.
       Nos quedamos así un rato; calladas, con las pupilas de una sobre las de la otra. Y cuando ella abre la boca para lanzar un nuevo ataque, me adelanto y mi puño vuela veloz hasta chocar contra su mejilla.
       Solo hay un segundo en el que mis nudillos están en contacto con su rostro y parece que el mundo se para; por una vez ella es la que refleja miedo, y no al revés.
       El segundo pasa; sus ojos se cierran y algo en mí se abre; su rostro se resquebraja, mi mano sangra y sé que soy libre cuando el cristal golpea el suelo, hecho añicos (igual que mi demonio).





Mirror mirror on the wall,
who's the fairest of them all?
you just got destroyed.











; YOU ARE WORTHIER THAN THEM.